Tierra de Ahulema

Tierra de Ahulema

domingo, 24 de abril de 2011

ESCENA DE VERANO

Agosto parecía agonizar sin desprenderse de las bocanadas de calor, arrastrando, como un paréntesis, el aire por respirar.
Casi derrotado por el sopor, bajo la higuera, el libro a un lado y al fondo las chicharras, la vista se desdibujaba hasta una rama donde la naturaleza mostraba un fractal de su realidad (Mahler en el reproductor irrumpió como un vaporetto acariciando la niebla de Venecia).

Detuve la somnolencia en la rama; una tela de araña con sus perfectas simetrías alojaba una mariposa, derrotada tras el esfuerzo de fuga, a su lado la anfitriona rodeaba a la presa hasta encontrar ese ángulo preciso por el que inocularía sus enzimas y después devorar al lepidóptero.
Agosto agonizaba como agonizaba la mariposa, despojada de sus colores por la mandíbula de Aracné (como agonizaba Aschenbach en el Lido). Ya no había cuerpo de mariposa en la tela, sólo una extraña silueta en cruz.
Sonaron las campanas de San Luís, tocaban por ese muerto que las esquelas de la plaza ya habían anunciado.
Las chicharras callaron y una sombra avanzó sobre las horas, como avanzó la misma sombra de lógica que mostraba los restos de mariposa en cruz, o aquella otra, tal vez la misma, que hiciera agonizar mi fe de otras cruces y otras campanas, con soplos de alguna oración mientras me alejaba de iglesias e incensarios.
De allí, de los muros de San Luís salió el cortejo oscuro, recortado sobre el camino hacia un hueco en el camposanto, donde el fallecido, con la certeza de la sinrazón, trazará la línea del olvido entre los que le acompañan
Un ruido me hizo despertar de la modorra. El gato había trepado por la higuera, árbol de venganzas; entre sus zarpas asomaban los estertores de una araña (mientras Mahler y Aschenbach se despedían de la evocación, entre las olas, de un joven a trasluz).

Huí del paréntesis de calor (ya no había Lido, no había nieblas, Mahler silenciado, el reproductor se había parado hace tiempo), sólo había campanas y cruces, y el hueco que cubría mi lógica más allá de estas pisadas hacia mi cementerio.


© ANTONIO LINARES FAMILIAR