Tierra de Ahulema

Tierra de Ahulema

lunes, 8 de noviembre de 2010

EXTRAÑA LUCIDEZ




Fue cuando intenté extender la pasta dentífrica sobre el cepillo cuando tuve la primera impresión de la fragilidad de mi pulso. Lo disculpé con el hecho de haber pasado mala noche y ser víspera de un nuevo trabajo.
Tal vez.
El espejo parecía querer mostrar una realidad ajena a cualquier excusa.
Bajo la bombilla, el anverso del azogue devolvía un rostro cicatrizado por la edad, una edad que no suponía tener o que no recordaba haber vivido; el pelo había, casi, desaparecido y lo que quedaba eran mechones blanquecinos, deshilachados; y la papada se desprendía dejándome un rostro de aspecto bovino.
Pero era este temblor el que me inquietaba, apenas podía llevar el cepillo a la boca y no lograba entenderlo.
La mirada ausente, opaca, que estaba frente a mi tampoco ayudaba a calmarme. Tenía la boca entreabierta y dejaba asomar huecos de oscuridad por donde caían un hilo de baba blanquecina.
Mi cuerpo se comprimía, trababa de amoldarse a la delgadez de la imagen vecina, al tiempo que mi voz parecía un recuerdo que no llegaba a articular.
El olor de café recién hecho había sido reemplazado por un tufo de asepsia que atrapaba mis náuseas.
Tras el espejo, por encima de lo que era mi hombro, asomó un rostro, un cuerpo de mujer vestido de blanco.

Como eco de plomo sentí sus manos, me tomaron con suavidad, con mimo estremecedor, hasta que su voz resonó bajo su sonrisa:
- Brendan, ¡ya se ha vuelto a escapar de la habitación! - no dejaba de sonreir. ¡Venga, vamos despacito, así, a la cama y tome su pastilla!
Arrastraba los pies como si no supiera caminar. No dejaba de sonreír, y eso me estremecía más.
- ¡Mañana se encontrará mucho mejor! - repitió con esa sonrisa de hielo.




© ANTONIO LINARES FAMILIAR