Tierra de Ahulema

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miércoles, 5 de mayo de 2010

Reseña de La Escalera de Caracol y otros poemas realizada por JOSÉ ANTONIO REDONDO MARTÍN

WB Yeats: ‘La escalera de caracol’ y otros poemas comments


Posted on 2nd Mayo 2010 by redondomartin in Poesía

la escalera de caracol, Linteo, muerte, Poesía, vejez, WB Yeats, William Blake



La esca­lera de cara­col y otros poe­mas.
Lin­teo. Orense, 2010. 208 páginas. Traducción de Anto­nio Lina­res Fami­liar.
ISBN: 978–84-96067–50-9 . For­mato: rús­tica, 14 x 22 cm. 15 euros.

Declaro que esta torre es mi sím­bolo, declaro
que esta monó­tona esca­lera de cara­col es mi esca­lera ances­tral;
que Golds­mith y Deán, que Ber­ke­ley y Burke han subido por ella.

William Butler Yeats (1865–1939) ha sido, junto con Sea­mus Hea­ney el poeta más impor­tante de Irlanda. Su lite­ra­tura fue un largo camino de bús­queda y de tra­bajo, un camino que cul­minó en su madu­rez con dos gran­des obras maes­tras: La Torre y La esca­lera de cara­col. El poeta, que había alcan­zado la cum­bre del reco­no­ci­miento lite­ra­rio con el Nobel de lite­ra­tura y la cima del reco­no­ci­miento nacio­nal como sena­dor de la joven repú­blica irlan­desa, aborda en su gran poe­sía de madu­rez una visión cre­pus­cu­lar y doliente sobre el paso del tiempo, y para ello uti­liza todo tipo de apro­xi­ma­cio­nes y sím­bo­los: el epi­ta­fio de Swift, la refe­ren­cia a eda­des anti­guas en espe­cial al impe­rio de Bizan­cio y los sím­bo­los cel­tas de la muerte como es el lago.

El signo cre­pus­cu­lar es inequí­voco y abre el pri­mer poema: “La luz de la tarde, Lis­sa­dell…”; no le interesa al poeta tanto la reali­dad de la muerte, sino su sig­ni­fi­cado; no se apro­xima a ella desde la pers­pec­tiva román­tica, sino de la sim­bó­lica, y no aborda esta muerte como final sino como una ruina y una opor­tu­ni­dad de sabi­du­ría. Entre la con­cien­cia y la vani­dad como moto­res del afán del hom­bre, entre la per­fec­ción de la vida y la del tra­bajo, se desem­boca sin remi­sión en la vacie­dad o en el remor­di­miento, en un ocaso personal.

La esca­lera de cara­col gira entorno a poe­mas de muy dis­tinta exten­sión y com­ple­ji­dad, algu­nos como Gra­ti­tud a los ins­truc­to­res des­co­no­ci­dos consta de sólo cua­tro ver­sos y una sim­pli­ci­dad pro­pia de un Haiku, mien­tras que Bizan­cio o Vaci­la­ción son poe­mas de largo aliento.

Nos dice que para unos la vida es un fre­nesí, para otros un labe­rinto, para otros un sueño, y el pla­cer del pre­sente no es más que el sonido de unos gui­ja­rros en la ori­lla, bajo una ola fugaz. Este poeta maduro que parece renun­ciar al uso de una forma pasa a uti­li­zar casi todas ellas, no quiere com­po­ner una sin­fo­nía, sino una suite pode­rosa y leve, paro­dica y trascendente.

Cul­mina con esta obra el plan­tea­miento de La Torre, esta­ble­ciendo el valor de la poe­sía en el terri­to­rio de la ima­gi­na­ción y el espí­ritu, bien lejos del posi­ti­vismo y del libe­ra­lismo del siglo que le vio nacer y mucho más pró­ximo a uno de sus gran­des ins­pi­ra­do­res: el gran William Blake.

La esca­lera de Jacob, William Blake


Había releído hace poco varios poe­mas de La torre en una anto­lo­gía de WB Yeats, si de aquel libro comenté en su día que era uno de los mejo­res jamás escri­tos este no le va a la zaga, ya que le iguala en su auten­ti­ci­dad, en su liber­tad crea­tiva y en su abru­ma­dora apor­ta­ción de sím­bo­los e imá­ge­nes. La tra­duc­ción de Anto­nio Lina­res Fami­liar es exce­lente y trans­mite de forma bas­tante fiel la musi­ca­li­dad que poseen estos poe­mas del Irlan­dés. Edi­ción que no en vano nos regala tam­bién Tal vez pala­bras para música.

El lienzo de Yeats com­bina ele­men­tos míti­cos, como en el caso de Blake, pero domina un espa­cio más amplio en que se conec­tan cier­tos apun­tes loca­les, como el arroyo de Glen­da­lough, el par­que de Coole con imá­ge­nes uni­ver­sa­les como el des­te­llo del sol y la memo­ria de gran­des poe­tas como Homero. He que­rido ilus­trar este post con una ima­gen de Yeats ya anciano y donde parece estar algo can­sado y con la cha­queta mal colo­cada, un poeta enorme, de la estirpe de Dante y de Blake, y que en este libro parece seguir esta máxima de Vir­gi­lio: “Fugit irre­pa­ra­bile tempus.”

Las impu­ras imá­ge­nes del día se reti­ran,
la ebria sol­da­desca del Empe­ra­dor está dor­mida,
el eco de la noche retro­cede, can­ción de pros­ti­tu­tas
des­pués de la cam­pa­nada de la cate­dral;
el bri­llo de una estre­lla o una bóveda ilu­mi­nada por la luna des­deña
todo lo que es el hom­bre,
todas las sen­ci­llas com­ple­ji­da­des,
la furia y el limo de las venas.

José Antonio Redondo Martín