Tierra de Ahulema

Tierra de Ahulema

lunes, 6 de septiembre de 2010

ANTE EL ESPEJO


Pelo negro de tinte casero, el rostro blanco como el que huye del sol desde hace muchos años, y los labios rojos de angel red que dejan su rastro en los cigarros que amontona en el cenicero.
Ante el tocador acaricia, ausente, sus arrugas, sin abandonar la precisión del ahora, y traza con su mirada una diagonal para buscar un antes en el reverso del espejo.
A medio vestir, su cuerpo de formas apagadas por la edad, y desnuda de su vida, se sienta a contraluz, gastando su tiempo ajena a otras monotonías. Entorna los ojos y busca tras el azogue las sombras que allí estuvieron previo pago y que, ahora, agazapadas, se condenan al silencio entre una mueca de asco habitual y resignado.
Como el ave nocturna invoca a la madrugada, entrelaza las manos en esa cita diaria y suspende una sonrisa sin edad por donde hilvana nombres cubiertos de desaliento.
Sobre la mesa una taza agota su calor junto a los restos de cartas que nunca ha escrito, mientras su respirar mece al sueño. Le escuece la piel, aún suave, le escuece ahí donde jóvenes besaron con deseo y ahora babean bocas desdentadas. Ellos, todos, que cerraron su puerta convencidos de una gran virilidad.

La noche, suspendida tras la ventana, se despliega sobre las paredes y llega hasta la piel de quien, tan sólo, espera un nuevo cliente.
Sarah Vaughan enmudece en el aire sin horizonte, sobre el desorden de la cama y un baño íntimo. Una vez más el ritual termina.
La boca, agotada de recitar pasados, nombres y gemidos en play-back, se esconde tras los labios de angel red que siguen dejando su rastro en los cigarros sobre el cenicero, tras el alivio de un café.
Oscuridad
Y ella, ante la opacidad del espejo se agita estremecida por un llanto inexistente que la despierta, siente cómo el tiempo apuntala su resignación cuando, ante el espejo, desnuda la geografía de su edad.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR