Tierra de Ahulema

Tierra de Ahulema

jueves, 2 de diciembre de 2010

DÉJÀ VU



Dublín, dieciséis de Junio de mil novecientos cuatro. Una lluvia de primavera tardía acaricia el adoquinado sacudido por los tranvías y las botas de cerveceros. Salgo de casa con el ánimo de todos los días: encontrar algún amigo con el que compartir unas pintas y esperar el momento propicio para una cita furtiva.

Contemplo los escaparates mojados, los ventanales mojados, los rostros mojados... una lluvia de primavera tardía rasguña Dublín. Callejeo, me asomo al Liffey, puerta de salida de tantos a los que arrastró su rumor, a un lado y a otro la ciudad decae entre rezos y campanas, el trote de un coche fúnebre atraviesa el Temple como una ola de silencio.
Es mediodía a la sombra del Trinity donde la lluvia parece evitar la ciudad. Calle Duke, entro en el Davy Byrne's donde mi amigo Flynn, el narizotas, suele tener buenas salchichas y patatas para acompañar todo trago; huele a mantequilla, tabaco y licor para hacer olvidar los sonidos más allá del adoquinado.
Sentado en un rincón observo en una mesa dos siluetas que hablan, mido sus formas y su distancia, una con gafas, ese vanidoso de Joyce, de rostro desmembrado que sonríe huraño, toma notas, en un cuaderno, al dictado de la otra figura, ese infeliz de Bloom que toma un vaso de borgoña para tragar el bocadillo de gorgonzola. Bloom, su figura, perdido entre deseos y depresiones, habla ajeno, aparentemente, a cualquier lazo de pensamiento, huido de los lestrigones deshilvana palabras, mientras mastica, algo sobre el trabajo, el funeral de un amigo y algo sobre una torre en las afueras de la ciudad. Pálido, vestido de negro ajado, como su aliento, acaricia su bolsillo de vez en cuando. Apura su consumición sin dejar ningún rastro de ella, y sale acompañado del escritor.

Conozco su camino: andará entre voces que imagina llamadas de camareras con forma de sirenas a las que acude en el hotel Ormond atado a una cerveza, mientras Joyce es su Telémaco sobre el que fundir soledades.
Después se perderá calle tras calle, entre Escila y Caribdis, entre rocas errantes, los bueyes del sol y la sombra de Circe.
Ahora es mi momento, me despido de las narices de Flynn tras el rompeolas de su barra.
Apuro el caminar con el regusto de Guiness, hidromiel, en mi aliento.
Camino con certeza hasta la calle Eccles, Ítaca, tras el número siete, la señora Bloom, mi querida Molly, prepara su cuerpo para mi llegada hambrienta.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR