Tierra de Ahulema

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martes, 19 de julio de 2011

PARADOJA DE LUIS XVI (Rey de Francia)


PARADOJA DE LUIS XVI (Rey de Francia)


El día que me decapitaron, recuperé la cordura.




© ANTONIO LINARES FAMILIAR

viernes, 20 de mayo de 2011

COLECCIONISMO





COLECCIONISMO



Almacenaba agendas desde hacía tiempo. Las colocaba sincrónicamente en las estanterías. Si te fijabas, podías ver los diferentes colores y medidas que compró hasta que cierto año encontró el modelo que le resultaba más adecuado para su propósito.
Las ordenaba con mimo, todas sin escribir, incluso algunas con el envoltorio transparente sin quitar.
Sólo las tenía para recordar tantos olvidos, todas las cosas que había dejado sin hacer.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR

domingo, 8 de mayo de 2011

PROGRAMA NOCTURNO (En algún punto del dial)




PROGRAMA NOCTURNO (En algún punto del dial)




- ... y tenemos una nueva llamada. ¡Hola, buenas madrugadas! - la voz exageradamente dulce - ¿Hola?

- Hola, buenas noches.

- ¿Qué quieres contarnos amigo?

Chet Baker suena, Tenderless se extiende como una caricia más allá de las horas.

- Sólo quería hacer una pregunta que me asedia insistentemente.

- ¿Cuál?

- ¿Qué sucede cuando bajo las alas de quien te protege sólo eres capaz de provocar heridas en su aliento?

Un segundo, un último acorde y la respuesta se ve ahogada por las señales horarias.

Tras el vacío del silencio se añade otra cuestión.

- ¿Qué sucede cuando viertes sangre sobre pisadas azules o arrancas la piel de un sueño?

Chet Baker y las noticias olvidaron responder.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR

miércoles, 27 de abril de 2011

FONDO DE ARMARIO



Recuerdo en mi calle aquel niño que tenía el traje de oficial del 7º de Caballería, le recuerdo, también, con aquellas canicas blancas que entre todos llamábamos americanas; recuerdo aquel adolescente de la mano de la chica más guapa del barrio, mientras otros nos ocultábamos tras la timidez del acné; recuerdo ese joven que disponía de un descapotable cuando algunos usábamos el bono bus.
Desde ese último recuerdo han pasado muchos inviernos, un día me enteré que un hombre de mi calle, una mañana abrió su armario y allí guardó, entre los restos de un traje de oficial del 7º de Caballería, unas canicas blancas, cartas de una niña que fuera guapa y las llaves de un descapotable, su niñez, su adolescencia y su juventud; después cerró con llave aquel mueble y lanzó su desnudez desde un cuarto piso.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR

domingo, 24 de abril de 2011

ESCENA DE VERANO

Agosto parecía agonizar sin desprenderse de las bocanadas de calor, arrastrando, como un paréntesis, el aire por respirar.
Casi derrotado por el sopor, bajo la higuera, el libro a un lado y al fondo las chicharras, la vista se desdibujaba hasta una rama donde la naturaleza mostraba un fractal de su realidad (Mahler en el reproductor irrumpió como un vaporetto acariciando la niebla de Venecia).

Detuve la somnolencia en la rama; una tela de araña con sus perfectas simetrías alojaba una mariposa, derrotada tras el esfuerzo de fuga, a su lado la anfitriona rodeaba a la presa hasta encontrar ese ángulo preciso por el que inocularía sus enzimas y después devorar al lepidóptero.
Agosto agonizaba como agonizaba la mariposa, despojada de sus colores por la mandíbula de Aracné (como agonizaba Aschenbach en el Lido). Ya no había cuerpo de mariposa en la tela, sólo una extraña silueta en cruz.
Sonaron las campanas de San Luís, tocaban por ese muerto que las esquelas de la plaza ya habían anunciado.
Las chicharras callaron y una sombra avanzó sobre las horas, como avanzó la misma sombra de lógica que mostraba los restos de mariposa en cruz, o aquella otra, tal vez la misma, que hiciera agonizar mi fe de otras cruces y otras campanas, con soplos de alguna oración mientras me alejaba de iglesias e incensarios.
De allí, de los muros de San Luís salió el cortejo oscuro, recortado sobre el camino hacia un hueco en el camposanto, donde el fallecido, con la certeza de la sinrazón, trazará la línea del olvido entre los que le acompañan
Un ruido me hizo despertar de la modorra. El gato había trepado por la higuera, árbol de venganzas; entre sus zarpas asomaban los estertores de una araña (mientras Mahler y Aschenbach se despedían de la evocación, entre las olas, de un joven a trasluz).

Huí del paréntesis de calor (ya no había Lido, no había nieblas, Mahler silenciado, el reproductor se había parado hace tiempo), sólo había campanas y cruces, y el hueco que cubría mi lógica más allá de estas pisadas hacia mi cementerio.


© ANTONIO LINARES FAMILIAR

jueves, 21 de abril de 2011

INVISIBILIDADES




Invisible.

Había llegado a los cincuenta años de manera invisible.

Invisible para su marido, invisible para sus hijos; una invisible que hacía que su casa permaneciera siempre visible. Invisible para el trabajo fuera del hogar desde el segundo parto; invisible para tomar el café con alguna antigua amiga: Invisible.
Su habitual samsara se completaba, puntual, con el ciclo diario de los gestos establecidos por el tiempo, las palabras acordadas por la erosión del silencio, la educación forjada por el establecimiento de la dejadez del cansancio. En esa rueca tejía la cápsula donde albergar una sonrisa íntima para acariciar su sombra.

Acostumbrada, como la piel descuidada al frío, encontró alivio en los programas de confesiones televisivas ante los que, muda, desarrollaba un ejercicio de comparación entres aquellos testimonios y su propia realidad. Ahí empezó a oír términos lejanos para su realidad: sms, chat, ciber... y tan próximo a la de sus hijos a los que había oído mencionar esas palabras en alguna ocasión cuando hablaban delante del ordenador, un aparato más al que la única función que la había encontrado era, hasta el momento, limpiarlo.

Conocidos los términos, apareció la curiosidad y tras ella el impulso a satisfacerla; y, tras ese paso, el deslumbramiento por lo nuevo. Un chat y alguien que te entra en privado; y un ¿qué tal? y un ¿de dónde eres?, y otro privado; la confusión de la visibilidad en el anonimato.

La soledad doméstica se difuminaba con la nueva ventada donde los amigos fluían con facilidad. Una cuenta en msn y un espacio más privado donde la intimidad se abría; ¿tienes foto? y la piel parecía resucitar, ¿cómo estás vestida?, abandonando pudores y vergüenzas.

(Problema matemático.-

Resuelve la siguiente adición:

tiempo + soledades + alivio + nuevas amistades + bromas + deseo de huir + cibercoqueteo + ganas de sentir = ¿?.

La respuesta es: UNA CITA.)

Y ahí estaba, con la ropa nueva que había comprado a espaldas de su invisibilidad, ante el ventanal de la cafetería donde se había citado, al otro lado el hombre. Ella sonrió.

Invisible en su hogar, invisible a marido, hijos y vecindario. Invisible ante los programas de confesiones, ahora, frente al televisor, cuando hablan de sms, chat, msn o ciber, se hace un poco más invisible, mira de reojo al ordenador y se dedica una sonrisa invisible a los demás.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR

viernes, 8 de abril de 2011

EN LA CALLE




EN LA CALLE


Siempre le había gustado el olor que deja la piel de mandarina entre sus dedos, pensaba que así llevaba una primavera entre sus manos, un olor dulzón y pegajoso que reportaba algo de niñez a ese rostro tan excesivamente avejentado que distraía su auténtica edad.

Siempre le había gustado el olor de mandarina en sus manos, como si le devolviera las brisas que se perdieron tras sus espaldas.

Siempre se había buscado en ese olor. Por eso, ahora, mientras arrastra los pies empujando lo que fuera un carrito, cuando termina de rebuscar en las contenedores aquello que sólo él considera útil, saca una piel de mandarina de alguna de sus bolsas de plástico y con extraña delicadeza la frota, intentando arrancar las huellas de herrumbre y abandono, sobre sus manos y el gesto recupera un lejano brillo en su mirada.


© ANTONIO LINARES FAMILIAR

martes, 29 de marzo de 2011

RETRASOS

Parece que todo está condenado a tener un origen, si bien los temores pueden diluir las primeras imágenes de una realidad.

En este caso creo que todo empezó aquellos días en los que tuvimos que hacer inventario en el almacén.


Era invierno y la sensación de regresar a casa tarde y cansado era mayor y daba más eco a mis pasos arrastrados sobre el empedrado entre un mortecino tráfico a deshoras.

Avanzaba por el pasillo, descalzo sin encender la luz para no despertar a los demás, y antes de abrir mi habitación, me pareció oír una tos, un sonido extraño pero lejanamente familiar. No di importancia al suceso y aunque apenas pude dormir esa noche, el sueño parecía evitarme mientras buscaba una postura propicia para descansar.

Más o menos descansado inicié un nuevo día con la normalidad de todos los demás: café solo en casa acompañando al primer cigarro, el periódico en el quiosco... y el ánimo aburrido del que no regresará hasta tarde. Salí con prisa a un día que pareció transcurrir con la costumbre de tantos otros.

Normalidad hasta unos días después, un nuevo regreso a oscuras, cansado, otro ruido extraño y familiar en mi habitación, y sobre la cama la huella caliente de un cuerpo huido que olvidó el periódico de ese día sobre la almohada. Y otra noche sin sueño, incómodo con el ánimo agitado por una sensación de premura que se agarraba a mi garganta a la vez que pesadilla y vigilia copulaban sobre mi frente.

Todos en casa negaron haber estado en mi dormitorio, todos negaron lo que había sido cierto entre mis paredes. Silencio, extrañeza y un aire que me empujaba a la calle. No tenía conciencia de firmeza, la espalda se removía cada noche desde las escaleras y el pasillo, hasta sentir el aliento de mi puerta en los dedos. Tras ella mis ruidos, mi aliento, mi olor, la certeza, constante, de un cuerpo que parecía huirme todas las noches.

Inquietud, desasosiego y el olvido de dormir, de sentir cómo me ausentaba de mí mismo, atrapado por una presencia intangible y cierta aunque todos la negaran.

Una figura que parecía ir por delante, abriendo paso a mis huellas, un aliento al que perseguía entre el miedo y el ansia.

Tras una línea de tiempo, de días y noches que se desdibujaban entre mis dedos crispados, con la certeza que da la derrota, abrí la puerta y allí me quedé atrapado bajo el dintel, como un ave ensartado en una alambrada. Me descubrí ahí, engendro de mis temores, dormido frente a mí, de pié.

Había llegado tarde a mi propia vida y ahora soy mi propio recuerdo, memoria de aquello que ya estoy viviendo mañana sin el aliento del ahora.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR

domingo, 27 de marzo de 2011

RECORDATORIO DESDE ESTE LADO


¿Recuerdas aquellas tardes de soles iniciales de primavera, cuando las amapolas dibujaban las afueras de la ciudad?

¿Aquellas tardes con juegos, caricias y tu pelo extendido más allá del horizonte?

¿Recuerdas aquellas tardes, esas fiestas en las puertas del cementerio, bailes, promesas y risas ente los primeros pasos de la noche donde eras el calor que necesitaba?

¿Recuerdas?

Y al terminar la fiesta, regresabas a tu casa y yo me quedaba aquí, en este lado de la valla con mi frío de mármol entre los dedos y la tierra húmeda en el paladar vacío.

Solo y esperando que cumplas tu promesa. ¿La recuerdas?


© ANTONIO LINARES FAMILIAR

viernes, 25 de marzo de 2011

PRINCESA ENCANTADA




La princesa no estaba muerta, ni había sido envenenada por orden de la madrastra; estaba enamorada de un sueño y no quería despertar.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR

sábado, 19 de marzo de 2011

CANCIÓN PARA MI MUERTE


CANCIÓN PARA MI MUERTE
(Sui Generis)


Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad...

Predomina el azul aunque por mi postura intuyo el blanco irregular del techo y una luz, igual de blanca, que acaricia la mirada aún aturdida, no sólo mi mirada, todo yo sigue aturdido tras el vértigo de la ambulancia, con un salto en la memoria que se esconde, bajo el dolor, donde algo sucedió que me ha arrastrado a este lugar.
Un movimiento, el traslado de una camilla a la cama, manos desconocidas que recorren mi cuerpo, maniobran con el conocimiento de lo que hacen. Experiencia, práctica. Ahora silencio a través de la vena. Duermo.

... tomate del pasamanos, porque antes de llegar se aferraron mil ancianos pero se fueron igual...

Creo despertar. Noto las sombras a mi alrededor y percibo sus voces transcritas en murmullos que no logro entender.
Siento en mis brazos cómo crece la intensidad que nace de las agujas, tal vez una transfusión, algún antibiótico... Creo llegar a una habitación, ya no siento el movimiento, sí los murmullos que siguen a mi alrededor entre algunas siluetas sin formas.

... quisiera saber tu nombre, tu lugar, tu dirección y si te han puesto teléfono, también tu numeración, te suplico que me avises si me vienes a buscar...

La mascarilla impulsa oxígeno a mi aliento, o lo que queda de él, percibo el rumor de sus burbujas. Ahora el tono de la habitación parece más azulado. El goteo marca un ritmo que se funde con mi somnolencia, donde acuden fragmentos de lo sucedido: mis pasos, su eco sobre el asfalto, un golpe, un vacío lleno de gritos, el alquitrán que recibe mi cuerpo con su sabor amargo...
Creo dormir en un cuerpo medicamente indoloro, cableado, atendido al compás de sístoles y diástoles mecanizadas, creo dormir en un cuerpo mecido por murmullos en blanco de manos que buscan, algo que parece escaparse. Creo.

... no es porque te tenga miedo, sólo me quiero arreglar. Te encontraré una mañana, dentro de mi habitación y prepararás la cama, para dos.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR

domingo, 13 de marzo de 2011

ZOOSEMIÓTICA


ZOOSEMIÓTICA



Nunca me gustó el canto de los pájaros de madrugada.

Delataban el paladar del alcohol tardío, la ropa empapada de soledades, el zigzagueo hasta la puerta de casa o el vacío de las pelusas en los bolsillos.

Nunca me gustó el canto de los pájaros de madrugada.

Pregonaban derrotas sórdidas, el tropiezo del caminar o el último cigarro de un paquete arrugado.

Nunca me gustó ese canto hasta que dejé de sentirlo.

Lo resolví el día que me arranqué los oídos. Desde ese momento pude disfrutar de mis soledades, zigzagueos, pelusas y derrotas, fumar ese último cigarro mientras buscaba la llave del portal o vendía el alma a cambio de poder llegar a mi casa.


© ANTONIO LINARES FAMILIAR

sábado, 12 de febrero de 2011

HERMANDAD LÁCTEA





HERMANDAD LÁCTEA



Cuentan los que allí estaban, que el día en el que Mowgli se encontró con Remo, le llamó HERMANO.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR

viernes, 11 de febrero de 2011

PUZZLE




PUZZLE

Estoy preparando una mudanza. Retiro los libros de sus estanterías y de entre sus páginas asoman cintas de colores. Abro esas páginas y reencuentro citas subrayadas con el grafito del interés.
No recuerdo ninguna.
Tal vez, en su nuevo lugar, todas estas palabras adquieran una forma definida entre mis manos.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR

jueves, 10 de febrero de 2011

RAZONES Y VISIONES

RAZONES Y VISIONES

Las manos entrelazadas sobre la mesa, apoyo la cabeza y observo el horizonte a través del vaso. El hielo marca las siluetas en su plano real; el ocre del whisky me permite entrar en voces que, bajo lluvias centenarias, reclaman mi persona para forjarme. El aliento de tabaco guarda novilunios mientras almaceno desgarros en el paladar a cada sorbo de horas.
El frío exterior se ha prendido en mi alma, apuro el vaso, uno más, abandono el aliento de la soberbia y arranco la máscara del gesto airado.

Observo rostros en el fondo del cristal, mezclados con posos de alcohol que ofrecen una bruma de brillo a los momentos compartidos.
Relaciono aquellas miradas de gesto convexo, las enumero en vacíos y las guardo en un último sorbo que vierte amargura sobre la espalda.
Supongo que no recuerdo porque bebo.
En una esquina del velador, un vaso caído, el licor cae de la mesa como si su mármol llorase (una, dos, tres...) gotea contra las pisadas del suelo.
La ceniza se agota entre los dedos y el humo funde mis labios con nombres que la memoria no menciona; el aliento parece perderse en el vacío del vidrio arrastrando mis ojos entre sus formas.
Busco aliento. La piel parece desprenderse de mi ropa y recorrer el mármol del velador y sentir esas otras pieles.

Repito el gesto, el camarero, con solícita monotonía, rellena el vaso.
Supongo que bebo porque a veces no me recuerdo.
Lo apuro, recreándome, mas las imágenes no reaparecen, quedaron atrapadas en la araña del paladar.
El frío interior se ha desprendido de mi alma. Termino el vaso, uno más, recupero el aliento de la soberbia, me pongo la máscara del gesto airado y dejo atrás, en su rincón, mi reflejo pensativo de hombros gastados.
Supongo que no me olvido porque a veces bebo.



© ANTONIO LINARES FAMILIAR

jueves, 3 de febrero de 2011

ATONÍAS



Ante la ventanilla del banco, tan frío como el tacto del mármol del mostrador, con el bolígrafo inmóvil entre los dedos, la tinta calvada en la palidez del impreso, se quedó quieto, con la mirada seca y el paladar de talco, sólo un leve aliento parecía silbar entre sus labios.

Acababa de descubrir la razón de su vida átona:

su nombre y apellidos carecían de tildes.


© ANTONIO LINARES FAMILIAR

martes, 1 de febrero de 2011

BOLERO IMAGINARIO



BOLERO IMAGINARIO


(El/Ella) _______________ sabía que la tarde sería propicia para el encuentro; hacía tiempo que se conocieron, desde aquel momento las conversaciones se habían prolongado. Diálogos de juego, de coqueteo, de confesiones, de vaciar el día a día con un gesto, con una sonrisa que les acercaba.

La cita llevaba tiempo pendiente, se había dilatado, insinuaciones, frases entrecortadas, apurando ese deseo que les despertó hacía tiempo; había habido besos, gestos, pero sabía que ese iba a ser el momento.

(El/Ella) _______________ tomó su tiempo, llevaba días con la imagen en la cabeza. En casa, un baño reconfortante, la piel perfumada, ropa ligera, velas y, por supuesto, música de fondo, suave, apenas perceptible.

Sí, se vieron, sonrisas, exposición de deseos, confirmación de voluntades, intenciones reservadas, "estás guapa hoy", "gracias", "acércate un poco más", "ese vestido te sienta muy bien", "seguro que hueles muy bien con el nuevo perfume": complicidad, tácito preludio.

Las caricias, besos, la piel que arde y se despoja de la ropa. Tensión que crece; el calor se prende en las espaldas, gemidos, sexo encendido, agitación, los movimientos que se acompasan.

No hay velas, no hay música, el perfume se ha desvanecido en la piel sudorosa; la sonrisa es gesto crispado, como las manos que se pierden en búsquedas.

Jadeos, oleaje de palabras sin estructura como los cuerpos que pierden su forma en anatomías tensas.

Palabras que pierden el pudor y se elevan sobre los murmullos. Saliva en las bocas sedientas de flujos ajenos. Cuerpos de juventud lejana pero ansiosos por follar.
Gritos, el estallido mutuo, los flujos que se pierden en espasmos; las mandíbulas sostienen el quejido de placer, mudo, constante, y el tiempo se eclipsa mientras los cuerpos se diluyen en ese placer correspondido.

Silencio, la respiración tarda en recuperar el sonido natural. La mueca se torna sonrisa, aún crispada, sobre las geografías húmedas. Brazos y piernas se mueven despacio, facilitan la vuelta de la sangre y del latido habitual, impregnadas de flujos y sudor.
Otra mirada, (el/ella) _______________ boquea de placer. Sonríe, satisfacción, y obedece al impulso cotidiano. Un gesto sencillo, habitual, un dedo presiona una tecla y la pantalla del ordenador queda en negro.

(El/Ella) _______________ , aún desnudo/a, enciende la luz de su realidad. Bajo la ducha sacude la soledad y limpia sus miedos del pudor y del remordimiento.
Es tarde, mañana el despertador sonará y otra vez, quizá, vuelva a conectarse a la red.



Nota: El lector o la lectora, puede rellenar los espacios en blanco, si lo cree oportuno, con los nombres o artículos determinados que crean más convenientes según sus gustos y/o deseos.


© ANTONIO LINARES FAMILIAR

lunes, 24 de enero de 2011

¿CUENTO DE HADAS?



Por mucho que lo intentara, que lo deseara o a pesar de que sus cortesanos ocultaran los espejos, o de que viviera entre sedas y brocados; el príncipe azul, nunca nunca, dejó de ser un sapo.


© ANTONIO LINARES FAMILIAR

viernes, 7 de enero de 2011

TEORÍA DEL CONJUNTO VACÍO

TEORÍA DEL CONJUNTO VACÍO

Con aire de tribunal secreto y sabor a mandrágora, llevado por unairedesílaba, vientremecido por las horas bajo un horizonte sangrirojo, quise escuchar el decadente rumor que chapotea de las boquiescamadas sirenambarinas.
Tras un golpe de silenciopaco y entre algas verdemoco, la noche, contra las rocas, acercaba un murmulloroso como imagen de espejo en navíos de arrecife.
La náusea de inquietud seguía en mis bronquios.

Volví tras mis pasos, abandoné el ecomudo horizontal. Volví para sentir un tacto de vidrio y el regusto de unjotabeconhielo para estrangular soledades y tomar el valor de entregarme a un cuerpo de aveinteuncompleto y fuera comecostras de mis huecos mientras bañaba con mi sudor sus pezones viejos macerados por tantas bocas.
Dulce et decorum est..
Y el vacío, los vacíos se expandieron, small-bang, tras media hora y un bañohigiénico.
Con el rostropaco y devuelto a la calle, retomé la huella del vidriohelado entre mis dedos y en el paladar otrojotabeconhielo, recostado sobre un mármol y un ventanal panorámico en 3D (sin gafas bicolores).
Fumaba, golpedetos, y amontonaba las colillas en el cenicero, tos-tos-tos, entornando los ojos, tos-tos-tos, y el espasmo convulsionaba mi cuerpo.
De vez en vez, cuando algún capricho lo disponía, una silueta, hombre y/o mujer, atravesaba el exterior mostrando un cabizbajo aspecto y un ronco caminar. El vacioscuro de la calle, en su noche, mi hizo más tentador el deseo de caminar; las manos en los bolsillos y la cabizbajez de otros transeúntes sin que mis ojos, entornados siempre, apuntalaran mi vertical.

En una esquina la oscuridad de un gato vomitaba azufre.
Caminé sobre una amalgama de pisadas por calles sin brisa y abandonadolor y algún que otro neón-bar-neón-bar con su dolor para calmar el ansia, hasta las puertas del otoño.
Lengüialetargado, ¿medasuncigarrillo?, mi paladar se llenaba de humo ajeno, miradas adversas y un rumor que goteaba en mis oídos desde la boca del vientre, para apagar esa herida pustulante de con(s)ciencia.
Otrojotabeconhielo, y luego otro y otromáscamarero, hasta olvidar la función de los labios, cubrirlos con un cuerpo (el que anida bajo esos labios) y usarlo para descubrir su mundo.
Callendiagonal, un mendigo asaltó mi miseria, bajo una manta cubría su sueño, sobre su cabeza el cartón manuscrito “si la vida te da la espalda, no lo dudes, dale por culo y disfrútala” (… and the words of the prophets are wirtten on the subway halls…, tenía razón elviejocalvoPaul).
¿Medasuncigarrillo? Necesitaba, tos-tos, alimentar, tos-tos, el estertor.
Cruzaba las calles en su sentido inverso hacia la disposición del tacto. Miré el reloj, sangraba por las manillas que indicaban las primeras líneas de otro mañana. Tos-destemplanza-tos. Oriné contra un muro, seguí el recorrido de mis orines sobre un asfalto cubierto de pesadillas en dirección hacia lo que suponía era esoquealgunosllamanhogar.
Llegué con el aire justo para abrir la puerta y el plomo en el espíritu de mi ojo.
Tras el golpeseco de la puerta sobre mi espalda me rindo a las paredescarnadas, desnudas como mi aliento, por donde atraviesan deshoras a contramano bajo un techo que desgaja su presencia de mi sombra. Hogar varado por el fuego del tiempo.
Sentado en un rincón contemplo la puerta cerrada, tras ella aún permanece la imagen de aquellas ingles y aquella boca que rezumaban semen ajeno sobre la urdimbre del lecho común, y esa piel que me miraba con la indiferencia del hartazgo para clavarse como la aguja de un escorpión en mi nuca.
Sacudo las manos, el cuerpo, tomo una ducha para lavar los demonios, preparo un café para despertarlos de nuevo, bajo la luz exhausta por la esquizofrenia de un reloj, mientras desconfío de la estela de cualquier lágrima.
Descortezo mi nombre para ser menos nombre todavía.


© ANTONIO LINARES FAMILIAR


martes, 4 de enero de 2011

EPÍLOGO





EPÍLOGO



He pasado mala noche y tengo la sensación de tener el estómago algo revuelto, pero no importa, serán los nervios. Hoy es un día importante y procuraré mantener el tipo.
Aseado, bien peinado, traje nuevo (azul oscuro) camisa y corbata (con nudo doble Wilson), tonos discretos apropiados para la ocasión, zapatos lustrados y calcetines a tono y, por primera vez, un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta (me parecía elegante llevarlo).
Sé que todos me van a observar y no debo defraudarlos.
No hay prisa, todo requiere su tiempo.
Contengo el gesto, un esbozo de sonrisa sin enseñar los dientes, muestro tranquilidad, creo que hoy todos la necesitaremos.
Mientras, espero que el operario cierre la caja y me trasladen, entre alguna corona, al cementerio.


© ANTONIO LINARES FAMILIAR